En el límite

Ayer paso todo el día defendiendo mi derecho a irme y peleando porque la información fluya, dejo la escritura de lado porque el foco está en los doctores y después de hablar con ellos la impotencia se crece y me deja muda, al anochecer lo único que habla por mí es el agua que se desborda por los ojos.

A las 3:45 del lunes, el doctor Sierra, que es el médico de piso no había venido a decirme en cuanto estaba el INR ni cual era la nuevo dosis de anticoagulante oral que tenía que tomar a las 4 de la tarde, explico un poco: todas las mañanas me toman una muestra de sangre para medir en el INR (que entiendo mide el tiempo de coagulación) y depende del resultado me ajustan la dosis del anticoagulante oral.

Entonces caminé hasta la oficina de médicos y esperé hasta que apareció el doctor Sierra. Le dije que necesitaba irme de alta, que no sentía que en el hospital estuviera bien monitoreada, le propuse lo del aparato y le pedí que buscara la forma de tener un tratamiento ambulatorio, que quería de regreso mi vida y que me quedaba claro que esa no era su prioridad pero que yo ya estaba harta y que iba hablar con los hematólogos o el jefe del sector. Estaba fuera de mi centro y el doctor se sintió agredido.

Él me dijo que solo me podía dar el alta voluntaria, que ese aparato no servía, que si me iba no me podían dar anticoagulantes orales porque no era seguro y se podían hacer más coágulos y que, sin la heparina intravenosa que me estaban poniendo en el hospital, el coágulo de la pierna se podía ir al pulmón y poner en riesgo mi vida e iba a tener que regresar pero con un cuadro más complicado, que no es que él quisiera que yo estuviera aquí pero que por mi caso (paciente renal con antibiótico) era lo único que se podía hacer.

Entonces le dije que en medicina no solo había un camino, que por favor buscara un plan B o C, que yo quería opciones, que hablará con los hematólogos o con quien tuviera que hablar.

Más tarde vino a mi habitación a decirme que estaban analizando si probar un medicamento experimental conmigo o unas inyecciones intramusculares durante seis meses pero que eran caras y no muy seguras. Hablamos, le pedí una disculpa y le expliqué que no era personal, pero que yo necesitaba tener la información para ayudarlos también, que dos cabezas piensan mejor que una, él me dijo que mi INR ya iba en 1.6 y yo le pregunté si podíamos aumentar la dosis del anticoagulantes con media pastillas más, asintió, y acordamos que yo me quedaría tranquila, siempre y cuando él me informara todo y me dejara convertir la habitación 336 en oficina.

Por la noche vino Cuau y le pedí que hablara con el doctor porque me siento muy sola, porque es desgastante tener que pelear por algo que es tu derecho: estar informado. Cuau sugirió suspender el antibiótico para que el anticoagulante haga efecto y me pueda ir a casa, justo ahora los infectólogos analizan esa opción.

Los médicos están acostumbrados a hablar con los familiares y lo que piensa y siente el paciente es información de segunda (claro excepto los buenos médicos) y eso me enoja mucho.

Así las cosas, hoy desperté y me dieron tres piquetes los del laboratorio porque mis venas ya no dan más, mañana me bajarán a hematología a sacarme la muestra del dedo y meter esa preciada gota de sangre en un aparato que solo tienen en el laboratorio donde estudian la sangre.

Por ahora estoy a la espera de mi compu, internet inalámbrico, junta con mi mano derecha del trabajo, Gaby, y si es así que el mundo gire.
El cansancio de las situaciones absurdas que vivo en el hospital me lo sacudo con un baño largo.

Desde la Torre me es permitido escuchar los pájaros, ser testigo de los cambios de la luz y contar y recontar las tres jacarandas que se asoman tímidas entre los árboles, yo mientras voy hilando el mecanismo para escapar de aquí.

Por | 2018-03-07T05:55:50+00:00 25/03/2014|Atención al paciente, Profesionales|Sin comentarios

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